Cuando el sentido no es evidente: entender conductas que parecen no tener lógica
A menudo, en nuestro día a día, nos encontramos con conductas que, desde afuera, parecen no tener sentido. Reacciones emocionales desproporcionadas, decisiones que parecen ir en contra del bienestar de una persona, o comportamientos que generan sufrimiento. Como observadores, es tentador pensar que esas conductas “no tienen lógica” o que se dan en un vacío. Sin embargo, el hecho de que no les veamos el sentido, no significa que no lo tengan.
Toda conducta tiene una función y aunque a simple vista no podamos identificarla, eso no quiere decir que no esté presente.
“El que no nos resulten inmediatamente obvias las contingencias que mantienen un comportamiento no es motivo suficiente para considerar que obedecen leyes ajenas al resto de comportamientos que puede desplegar una persona.”(M. J. Froxán)
Pongamos un ejemplo. Imaginemos a una persona que, tras una discusión, se autolesiona. Desde fuera, podríamos preguntarnos: ¿Por qué haría algo así? ¿Qué sentido tiene causarse daño físico después de una situación emocional intensa?
Al indagar, esta persona nos comenta que durante la discusión se sintió profundamente avergonzada. Sin embargo, después de autolesionarse, comenzó a sentirse triste. Y aunque desde fuera pueda parecer que ha cambiado una emoción negativa por otra, la clave está en cómo se viven esas emociones internamente.
Quizás para esta persona la tristeza es una emoción más manejable que la vergüenza. Quizás ya tiene estrategias para convivir con ella, o le resulta más familiar. En este caso, la autolesión podría estar funcionando como una vía, no para buscar dolor por sí mismo, sino para transformar una emoción intensa, invasiva y desbordante (la vergüenza) en otra que le resulte más soportable (la tristeza).
Este tipo de análisis funcional nos permite comprender que incluso las conductas más desconcertantes tienen una historia, una razón de ser, un patrón aprendido. No se trata de justificar el sufrimiento ni de normalizar el daño, sino de abrir la puerta a la comprensión y, desde ahí, al cambio.
Cuando trabajamos desde este enfoque, podemos acompañar a la persona a descubrir otras formas de gestionar sus emociones, desarrollar habilidades alternativas y construir un camino más saludable, sin invalidar la función que esas conductas han tenido hasta ahora.
En definitiva, el sentido de una conducta no siempre está a la vista. Pero si nos tomamos el tiempo de observar, preguntar y entender, podemos encontrar la lógica detrás del aparente caos. Y eso, en el proceso terapéutico, puede marcar una gran diferencia.
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